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La celebración del funeral, que expresa la fe de toda la Iglesia, es responsabilidad de la parroquia, que, escuchando y dialogando con la familia, hará lo posible para atender sus demandas, pero nunca debe estar condicionada por sus peticiones o exigencias. Por lo tanto, el funeral nunca es particular sino que es una celebración de toda la comunidad. Como consecuencia, lo lógico es que haya una sola celebración cuando haya más de un difunto.

Lo que debe resaltar la celebración del funeral es la vida feliz que ya gozan nuestros seres queridos junto al Señor. Así es como podemos hacer llegar a los familiares el consuelo y la esperanza que brotan de la Palabra de Dios que se proclama. Eso es lo único que debemos transmitir en el funeral, eso y el calor de la comunidad; por lo tanto, son ajenas al funeral las referencias a la vida o a la persona de los fallecidos.

Finalmente, las Orientaciones  doctrinales y  pastorales (O.D.P.) de  la Conferencia Episcopal sobre el Ritual de Exequias en su número 68 nos recuerdan, siguiendo el Concilio, que:

  • No se debe hacer acepción alguna de personas o de clases sociales, ni en las ceremonias ni en el ornato externo (Sacrosantun Concilium, nº 32)

  • Las flores y las coronas en el interior del templo influyen en crear una sensación de alarde discriminatorio. Otro tanto ocurre al utilizar elementos profanos y folklóricos.

 La aportación económica que se haga se entiende como ayuda para sostenimiento de los gastos que se originan (luz, limpieza, calefacción, materiales...etc...)