La
muerte de un ser querido es una de las experiencias de mayor densidad humana
que vive una persona. Trastoca su vida y le provoca sentimientos
diversos, como la compasión, la ayuda, el arrepentimiento, la
soledad, el miedo y numerosos interrogantes. Por ello, requiere una atención
y una valoración pastoral adecuada.
Desde
la perspectiva cristiana, la muerte nos abre al futuro y a la esperanza de
una Vida Nueva, eterna y feliz, junto al Señor. La Resurrección de Cristo da
el sentido definitivo a su entrega generosa y a su muerte. Entendida así la
vida, ya desde la tierra vivimos en la esperanza de alcanzar el gozo
definitivo de la vida junto a Dios y con todos nuestros seres queridos. Esta
es la fe que sustenta el ánimo y la esperanza de la gente de nuestras
comunidades. (Sacrosantum Concilium, nº 7).
Además
es importante subrayar que la experiencia de la fe cristiana es comunitaria.
Dios nos elige, nos convoca y nos salva en el seno de una comunidad. La
dimensión personal no queda por eso anulada, sino engrandecida por la
comunitaria. Por eso, cuando una persona muere, muere para la familia, pero
también muere para la comunidad. De ahí que la celebración del funeral no es
asunto exclusivo de los allegados del difunto, sino de toda la comunidad
cristiana. (Sacrosantum Concilium, nº 26).
La celebración de un funeral no es un simple "servicio religioso" que la
Iglesia ofrece como despedida y recuerdo de la persona fallecida. Es una
celebración de muerte unida al dolor de unos familiares, pero sobre todo es
una celebración de Vida Nueva y dichosa de los difuntos junto al Señor, y
requiere tener fe en la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, porque su
resurrección es garantía de la nuestra.