De entre las celebraciones que actualmente se
realizan en nuestras comunidades, los funerales son, probablemente, las que
mayor número de personas congregan. Unas veces movidas por sentimientos de
dolor y de cercanía con los familiares de los fallecidos, y otras por
motivos de relación laboral o de vecindad, lo cierto es que en los funerales
se encuentran muchas personas que habitualmente no participan en ninguna
comunidad, y que, como consecuencia, no se sienten vinculadas a lo que se
celebra, o lo están débilmente.
El simple dato de que es muy poca la gente
que habitualmente celebra su fe en una comunidad y el de que sólo un 37% de
la población afirma creer en la vida eterna, ayudan a comprender la
complejidad de este problema pastoral.
Por otra parte, el envejecimiento de los
sacerdotes y su progresiva disminución en número pide realizar una
reestructuración que responda y se adelante a la difícil situación a la que,
obviamente, estamos abocados. Triste y lamentable sería tener que hacer
deprisa y sin avisar, lo que ahora, con tiempo, podemos y, por el bien de la
gente, debemos hacer.